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Cuando se habla de flores comestibles no sólo hay que imaginarse unas violetas. La coliflor se ofrece, blanca y radiante, para ser protagonista de muchos platos, en especial los que llegan en invierno. Por eso es una de las que se lucirán en los menúes de #MesadeEstación actividad propuesta por #ACELGA en varios restaurantes de la ciudad, del 4 al 10 de julio.

Como todas las coles, es de la familia de las crucíferas. Llegó a Europa vía Asia, pero en un principio, además de llevarla a las cacerolas, la disfrutaban por su forma como flor. En Grecia las novias preparaban sus ramos con coliflor porque, además de bellas, decían que traía suerte.

En el siglo XVII, los genoveses la introdujeron en Francia donde la nobleza la adoptó. Uno de sus fans fue Luis XIV que se la hacía preparar en consomés, aromatizados con macís (corteza de la nuez moscada) o gratinada a la manteca. Madame Du Barry, amante de Luis XV, era otra de las que “morían” por un plato de este vegetal. En honor a esa dama todas las guarniciones que llevan coliflor se las conoce como “a la Dubarry”.

Como suele suceder, después de estar en la cima de la fama, la coliflor descendió varios escalones en la escala gourmet, por una razón comprobable: no se la comía por el aroma que desprende al cocinarse. Pero no hay olor que pueda destruir lo obvio, es rica y sanísima. Según estudios científicos, se dice que mejora el sistema inmunológico, previene los procesos degenerativos (como el cáncer), aporta minerales, antioxidantes y mucha fibra.

Cuando la vaya a comprar hay que fijarse en sus hojas, son un buen indicador de frescura. Deben ser claras y crujientes y si se las parte, soltar líquido. La cabeza tiene que ser de color blanco cremoso, sin manchas marrones. Cuanto más pesada la col, más fresca. Muchos descartan las hojas, pero las más tiernas y pegadas a las flores son muy ricas.

Para cocinarlas es importante lavarlas en abundante agua, con unas gotas de vinagre, para eliminar eventuales bichitos. Al cocinarla y para evitar el clásico olor (producido por los minerales que contiene), se puede agregar al agua un trozo de pan mojado en leche o una hoja de laurel. Una vez listas, las flores se conservan en la heladera durante varios días, siempre que se tome la precaución de escurrirlas muy bien. También se puede comer cruda, en ensaladas, con aderezos de mostaza o de anchoas picadas, aceitunas y aceite de oliva. Cocidas queda bien en distintas preparaciones, como con salsa blanca, crema de quesos o simplemente, rociada con un buen aceite y pimienta negra. Algunos cocineros recomiendan servirla sola, sin mezclarla con otros vegetales, porque por su característico sabor podría opacar al resto.

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Sopa de coliflor

Ingredientes

cebolla 2

aceite de oliva 3 cucharadas

coliflor chica 1

brócoli chico o la crucífera que le guste 1

agua mineral 4 tazas

sal y pimienta negra de molinillo a gusto

queso rallado a gusto

Preparación

Picar la cebolla, saltearla en una cacerola con el aceite, hasta que esté bien dorada. Cocinar, en mínimo, unos 10 minutos.

Separar la coliflor y el brócoli en ramos y agregarlos a la cacerola. Picar los tallos tiernos y las hojas de ambos vegetales y sumarlos a la olla. Incorporar el agua y sal y cocinar, tapado, unos 15 minutos, hasta que la coliflor y el brócoli estén tiernos. Retirar del fuego, licuar con la misma agua de la cocción , salpimentar, distribuir en platos, tazas o cazuelas y acompañar con un toque de queso rallado.

GPS:
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