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Día de muertos

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Acabo de salir de un quirófano, me dicen que mi puto melanoma amagó con hacer de las suyas. Mi médico me habla de la vida como una fiesta, de esas que no se saben cuando terminan. Hay que vivirla y dejarse de joder. Mientras, como un chocolate, para celebrar que las cosas parecen estar bien,

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¿Casualidades? Abro mi correo y tengo mensaje de Edgar Núñez Magaña, cocinero, amigo, mexicano. Me manda un email, contándome cómo celebran la muerte en su tierra, como parte de la vida.

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Leo lo que me cuenta, no puedo subirme a un avión, me queda compartir sus palabras, sus imágenes y una receta. Es que en México, desde mucho antes de la llegada de los españoles, el día de los muertos es fiesta, todo el mundo sale en busca de las almas de sus seres queridos, se visita los cementerios y se adornan las tumbas con flores, bebidas y los platos preferidos del difunto.

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Ese día (como el resto de los días) en México la comida tiene un lugar especial. Altares con calaveritas y esqueletos de azúcar, frijoles y panes de muerto, a los que se decora con azúcar de colores, huesitos o lágrimas, todos bocados que no faltan a la cita. Tampoco las mazorcas encendidas y las flores, para perfumar el lugar y asegurar que aquellos que han pasado a la eternidad tengan un viaje agradable.

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Este es el relato de Edgar: El pan de muerto  se remonta a la época de los sacrificios humanos y a la llegada de los españoles a la entonces Nueva España, hoy México.

Se dice que en esa época, una princesa era ofrecida a los dioses. Su corazón, aún latiendo, se introducía en una olla con amaranto, para morderlo posteriormente en señal de agradecimiento a un dios. Los españoles, al no consentir estos sacrificios, elaboraban un pan de trigo en forma de corazón bañado en azúcar pintada de rojo, simulando la sangre de la doncella. Fue así como surgió el pan de muerto.

José Luis Curiel Monteagudo, en su libro “Azucarados Afanes, Dulces y Panes”, comenta: “Comer muertos es para el mexicano un verdadero placer, se considera la antropofagia de pan y azúcar. El fenómeno se asimila con respeto e ironía, se desafía a la muerte, se burlan de ella comiéndola”. En el libro “De Nuestras Tradiciones” se narra la elaboración de un pan compuesto por semillas de amaranto molidas y tostadas, mezclado con la sangre de los sacrificios que se ofrecían en honor a Izcoxauhqui, Cuetzaltzin o Huehuetéotl. También, se cuenta, hacían un ídolo de Huitzilopochtli de “alegría”, al que después encajaban un pico y a manera de sacrificios, le sacaban el corazón en forma simbólica, pues el pan de amaranto era el corazón de ídolo. Luego, se repartían entre el pueblo algunos pedazos del pan, como forma de compartir la divinidad.

El pan de muerto tiene, a su vez, otro significado: el círculo que se encuentra en la parte superior del mismo es el cráneo, las canillas son los huesos y el sabor a azahar es por el recuerdo a los ya fallecidos. La celebración de los difuntos se convierte en un banquete mortuorio dominado por alimentos y flores de color amarillo (el color de la muerte para las culturas prehispánicas), como el cempasúchil, los clemoles, las naranjas, las guayabas, los plátanos, la calabaza y el pan característico de la ocasión. Para otros, el pan lleva las cuatro canillas en forma de cruz, porque con ellas se designan los cuatro rumbos del nahuolli (el universo). Son a su vez, los cuatro puntos cardinales, definidos por igual número de divinidades: Quetzalcóatl-Camaxtli, Xipetotec, Tláloc-Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, expresiones de la concepción del mundo prehispánico. 

Relatos, mística, bocados… por aquí no nos vendría mal llamar a las cosas por su nombre, honrar la muerte y gozar la vida.

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Pan de Muerto 

Formar una montaña con 250 gramos de harina Hacer un hueco y colocar en el centro 2 huevos, 15 gramos de leche en polvo, 60 gramos de azúcar, 1 pizca de sal, 2 o 3 cucharadas de agua y amasar, hasta que el bollo se despegue de la mesa. Disolver 20 gramos de levadura fresca en 4 cucharadas de agua y agregar. Incorporar 40 gramos de manteca en pomada y 40 gramos de margarina, la ralladura de 1 limón y de 1 naranja y perfumar con gotas de agua de azahar. Unir los ingredientes en un bollo, darle la forma de pan deseada (salen 2 chicos, de unos 15 centímetros cada uno) y dejarlos leudar, hasta que duplique su volumen. Colocarlos en una placa y cocinarlos en horno precalentado, a 180°C, unos 20 minutos. Retirarlos, pincelarlos con manteca derretida y espolvorearlos con azúcar de colores. 

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